Un sueño que nunca fue un sueño.

Sin querer sonar como que me hago la especial, siempre he tenido la sensacion de que mis inicios en el mundo de la literatura son de alguna manera alejados de lo que al menos veo como «típico», lo que parece ser el «estereotipo» de los inicios de un escritor en las redes sociales.

A veces creo que eso es una de las cosas que me impiden creerme escritora, o autora. Como la gasolina a la llama que enciende el fuego del síndrome del impostor.

No es solo comparación —o quizás gran parte lo es—, es parte de vivir en un tiempo en el que, a través de una pantalla, puedes darle un vistazo a un mundo más allá del que conoces y sentir que eres la única sintiéndote de esa manera, aslandote en tu propia mente.

Cada vez que entro a las redes sociales, cada historia o reel que leo de escritores, aspirantes, autores noveles, no puedo dejar de pensar que quizas no puedo ser escritora, porque no tuve la misma vivencia.

Porque todos hablan de cómo desde niños se perdían en páginas mágicas, de cómo desde que aprendieron a escribir crearon relatos de mundos que solo ellos veían. La mayoría parece haber escrito desde que estaba en pañales, leído desde que tiene uso de razón.

Yo, en cambio, no puedo decir que esa fue mi experiencia. Sí tenía una imaginación extraordinaria, una que ahora, como adulta, extraño y envidio. Pero odiaba la lectura.

Sí, ese es uno de mis secretos más oscuros.

Recuerdo a mis padres intentando que tomara un libro, pero no había manera de sentirme interesada por las páginas, las letras. Prefería pasar mi tiempo imaginando frente al televisor, jugando a los «qué sería», en vez de tomar un libro y leer.

Quizás por eso el recuerdo de cuando tomé mi primer libro se siente tan vivido en mi cabeza, tan claro en mi memoria. Estaba terminando la primaria, el último libro de Harry Potter estaba por salir y todas mis amigas no paraban de hablar de cuán buena era la historia, el libro, las peliculas, todo.

Tengo que admitirlo: me sentí dejada a un lado. Me pregunté qué tan maravilloso podía ser para general esa reaccion colectiva, y la mezcla entre indignación, curiosidad y la necesidad de encajar me hizo tomar el libro entre mis manos —el quinto de Harry Potter— de las manos de mi amiga.

Fue la mejor decisión que alguna vez tomé.

Me lo devoré en lo que ahora parece solo un par de días. No dormía, no comía, no hablaba, por la necesidad de terminarlo. Una página más, un capítulo más. Yo necesitaba más.

Así que tomé el resto de los libros, uno a uno, para seguir descubriendo ese mundo que estaba entre mis manos, hasta que terminé de leer toda la saga.

Pero no fue suficiente. Nunca lo fue.

Se convirtió en una adicción que no podía controlar. Cada vez necesitaba más: un nuevo libro, un nuevo mundo. Me sumergí en todos ellos mientras mi mente se expandía de maneras que hasta entonces no creía posibles.

Con la adolescencia llegó la amargura de entender que el mundo no era tan de color de rosa como cuando niña pensaba que era. Fue quitarme mis lentes rosados para ver mi alrededor con una claridad espantosa.

Fue así como los libros se convirtieron en un alivio que necesitaba, un escape de la realidad, una esperanza que no sabía que necesitaba sino hasta ese entonces.

Me empecé a obsesionar con personajes rotos, historias oscuras que tuvieran un final feliz, como una manera de autoconvencerme de que al final del camino había una luz. Que no importaba cuán oscura nuestra realidad se volviera, había un final feliz esperando por todos nosotros.

Entonces leer dejó de ser suficiente. Mi mente no podía dejar de imaginar escenarios, de escuchar voces, de crear estos personajes que luchaban por existir. Y así fue como empecé a escribir.

De manera torpe, sin saber lo que hacía y sin tener idea de cómo la buena literatura funcionaba, dejé que mi corazón llevara mi mano y que los personajes que constantemente estaban en mi cabeza tomaran mi cuerpo para hacer sentir su voz.

Aunque esas historias nunca vieron la luz, no en aquel momento, y aún no sé si alguna vez abriré ese baúl de recuerdos y las publicaré. Porque no me senti con el derecho. Había tanta gente talentosa allá fuera, ¿quién era yo para pretender ser algo que aún no entendía completamente?

Así que dejé la escritura a un lado. Cada historia sin terminar, cada palabra que esas voces me gritaron, las guardé en un cajón.

La vida pasó, crecí, y me alejé de mi propio mundo de fantasía. Me alejé de la irrealidad a la que me aferraba para enfrentarme a lo que la realidad me presentaba.

¿Porque eso era crecer, no? Eso era convertirse en adulta.

Me tomó años recobrar mi pasión por la lectura, y un par más reencontrarme con la emoción y la felicidad que escribir me producía.

Me encontré a mí misma derramando mi corazón sobre páginas mientras mi mundo parecía sacudirse bajo mis pies. No había una razón en específico, no fue un evento catártico, fue una serie de sucesos que me llevaron a dejar que mi imaginación tomara curso una vez más.

Me propuse terminar mi novela porque lo necesitaba. No fue cuestión de creer ser alguien o de pretender ser algo. Era solo una necesidad violenta de dejar que la persona que había vivido en la parte trasera de mi cerebro por años contara su historia.

Y cuando terminé, no pude evitar sentir que lo había logrado. No porque la historia fuera perfecta, sino porque la había terminado.

Y escribiéndola, me encontré a mí misma de nuevo.

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