Es una pregunta que parece acecharme cada día desde que empecé a escribir mi primera novela. ¿Qué te hace escritor? ¿O en qué momento del proceso te puedes empezar a llamar como tal?
¿Quizás cuando tu libro sea publicado? ¿O cuando la primera persona lo compre y lo lea? ¿O tal vez cuando la idea surge, de forma violenta, instándote a plasmarla en papel? Una idea que no acepta un no como respuesta y toma el control de tu vida en un instante.
Porque en el momento en que esa idea toma forma, clara como el cristal, te conviertes en esclavo de ella. Ya no eres tú quien controla el proceso, es esa idea, esos personajes, ese mundo desconocido que pide ser descubierto.
Y aun así, honestamente, no me siento cómoda con el título de ‘escritora’. Como si nombrarme como tal fuera una farsa sobre quién soy.
Y eso es raro, ¿no?
Porque escribo en cada tiempo libre que tengo, por mínimo que sea, en cada madrugada cuando la voz de los personajes es tan intensa que me es imposible dormir, en los recesos del trabajo, en cualquier momento en que sé que debo estar haciendo otra cosa. Porque simplemente no puedo apartarme de la historia.
Como dije, soy esclava de mi propia imaginación.
La prueba está allí, en los cientos de archivos y notas del teléfono.
Y aun así, de alguna manera, siento que no me lo he ganado, que no lo merezco, que autollamarme escritora es una ofensa a todos esos nombres famosos que se han hecho una carrera en el mundo literario. Que no soy quien para llamarme así. Como si ser «escritor» fuera un título que alguien más te otorga, como un comité invisible que un día te toca el hombro y te dice: ya, ahora sí, ahora te lo ganaste.
Y estoy parada enfrente de ese comité. No tienen rostro. O quizás sí lo tienen, pero no quiero verlos, porque no quiero que me quiten el limbo en el que vivo. Un limbo incómodo, suspendido entre la realidad que me dice que no soy escritora y mi mente que ya se imagina mi título impreso en una portada. Sigo parada allí, mirándolos, prefiriendo la incertidumbre antes que escuchar un veredicto que no quiero oír. El mundo creciendo y tomando forma en mis manos. Yo soy su creadora, y aun así ni yo sé a dónde me lleva.
Me pregunto entonces si es por eso por lo que estamos tan desesperados por ser ‘descubiertos’, porque necesitamos ese reconocimiento externo para sentir que lo ‘logramos’.
La validación.
El comité dándote la bienvenida a un club que parece fantasía, ficticio, idílico y aun así es tan real y tangible. El club de los ‘cool kids‘ donde siento que no encajo.
Y no puedo evitar preguntarme también qué pasará cuando esa validación llegue —si es que llega— en cualquiera de sus formas: al publicar el libro, con alguien leyendo mi historia, con una buena reseña. ¿Me sentiré entonces como escritora? ¿O seguiré buscando esa validación eternamente, moviendo la meta cada vez más lejos hasta hacerla imposible, como hacemos con casi todo lo que nos da miedo?
Intentando descifrar los rostros ante mí, leer sus expresiones para así poder por fin escuchar mi veredicto de sus bocas.
Impidiéndome soñar ni tener esperanza.
Como si inconscientemente me estuviera preparando para el fracaso, para que cuando este llegue no duela tanto.
Y, sin embargo, aquí estoy. Mi primer libro se encuentra en proceso de corrección mientras no puedo dejar de pensar en cada personaje que quiere tener su momento y su voz, instándome a seguir escribiendo, a descubrir qué tan lejos puedo llevar la historia, aun cuando estoy aterrada de no saber su final, o de no poder hacerle justicia.
Quizás nunca pueda llamarme a mí misma una escritora sin sentir incomodidad, sin sentir que estoy usando los zapatos de alguien más. No sé si el día que vea mi nombre impreso voy a sentir que por fin me lo gané, o si descubriré que la meta se movió otra vez, un poco más lejos, como siempre.
Quizás no voy tras el título, sino tras la sensación. La sensación de seguir soñando, de seguir encontrando mi voz. Porque en este punto creo que nadie decide ser escritor, no conscientemente al menos. Es la idea, esa que te posee y te impulsa, la que tomó la decisión por ti.
Ya veré, cuando publique, si los sentimientos cambian. Por ahora me conformo con seguir escribiéndolos.